En una época de tensiones políticas, donde las ideologías se mezclan con los desayunos y el Estado trata de definir hasta el último pensamiento, imaginemos por un momento que somos testigos de una peculiar escena en una escuela rural húngara, en pleno dominio hegemónico del comunismo soviético sobre media Europa. La inocencia se pone a prueba con una pregunta simple y contundente: "¿Quién es Stalin?" Responde un niño, con la certeza de quien sabe que hay ojos vigilantes y oídos atentos, y dice: “Stalin es mi padre”. Una afirmación que resuena como una consigna más de los Tiempos, casi una respuesta autómata, la lección aprendida sin siquiera cuestionarse. El inspector, con una sonrisa satisfecha y un guiño de complicidad, insiste: “¿Y quién es tu madre?” y el responde el Estado y el inspector convencido de su ideologización pregunta “¿Y quién deseas ser en el futuro?”. Titubeante, el niño, que ha sido instruido para responder "un trabajador leal y disciplinado", se aparta de su libreto y, con inesperada osadía, responde: “¡Quiero ser huérfano!”
Esta respuesta, breve y certera, es como un grito que atraviesa la sala y se pierde en los pasillos del autoritarismo: quiere ser libre de los tutores políticos, los padres que le han sido impuestos y de una madre que representa más al sistema que a la familia. La escena, cargada de simbolismo, bien podría reflejar lo que ocurre hoy en muchas sociedades donde se aboga por un modelo en el cual el Estado se convierte en guía supremo de los ideales de sus ciudadanos, remplazando a la familia y a la comunidad como pilares fundamentales.
Sin ir más lejos, basta con observar ciertos movimientos insurgentes en Colombia, como las FARC y el ELN, para ver cómo la manipulación de mentes jóvenes sigue siendo una herramienta efectiva para quienes desean inculcar sus doctrinas en las generaciones futuras. En un acto de verdadero "amor revolucionario", estos grupos no han dudado en reclutar niños, arrebatándoles su infancia y su libertad de elección. La ironía es palpable: en nombre de la libertad y la justicia social, se utiliza la coacción y el miedo. Se adoctrina al niño para que vea en estos grupos a sus nuevos padres y hermanos, una familia política que, en lugar de nutrirle y protegerle, le exige lealtad y obediencia.
En la actualidad, el gobierno de Gustavo Petro en Colombia parece querer instaurar una educación que, bajo el pretexto de la “inclusión” y la “justicia social”, promueve una ideologización que emula aquella escena en la escuela rural húngara. Parecería que buscan implantar una versión moderna de aquel autoritarismo en el que el niño se ve obligado a responder con fervor que “el Estado es mi padre”. Al parecer, el Estado desea convertirse en el principal referente moral, desplazando a los padres y a la familia, quienes tradicionalmente han sido los primeros educadores de los niños.
Mientras tanto, en Argentina, el gobierno actual, con sus ideales libertarios, representa un enfoque radicalmente opuesto al molde ideológico estatal. Bajo el lema de “La Libertad Avanza”, aboga por un Estado mínimo y respeta el rol fundamental de la familia. La libertad en este contexto se presenta como el derecho de cada individuo a construir sus propios valores, sin que el Estado intervenga en sus conciencias ni en sus hogares. Al reconocer a la familia como el primer núcleo de educación y moralidad, se
enfatiza que el papel del Estado debe ser de apoyo, no de invasión.
Resulta crucial en este debate resaltar el rol de la familia como pilar de la sociedad. La familia, en su sentido más elemental, representa la base desde la cual los individuos aprenden sobre valores, identidad y comunidad. Cuando el Estado interviene y pretende reconfigurar esta institución, se corre el riesgo de sustituir la libertad individual por una versión autoritaria de control social, donde el ciudadano es meramente un recurso moldeable. La ideología de un Estado paternalista, que pretende decidir cómo deben pensar y sentir los ciudadanos desde la infancia, es una visión distorsionada de una sociedad justa. Irónicamente, en el afán de "liberar" a los individuos, se les arrebata la libertad de pensamiento.
La libertad no es un concepto que pueda reglamentarse desde las altas esferas del poder; nace y se cultiva en el seno familiar, donde se gestan los primeros ideales, se enseñan los valores fundamentales, y se aprende a convivir en sociedad. En un mundo donde el Estado se autoproclama guía moral de sus ciudadanos, donde decide qué es correcto y qué es incorrecto, la respuesta del niño húngaro resuena como una declaración universal: “¡Quiero ser huérfano!”
"¡Quiero ser huérfano!" resuena como un eco en cada rincón donde las políticas y los discursos han transformado a los padres en meros observadores. Es la rebelión del pensamiento libre contra un Estado que pretende ser un tutor omnipotente, el “padre y madre” de los ideales y convicciones. La frase encapsula el deseo de liberarse de los guardianes ideológicos, de los tutores que deciden por él en nombre del bien
común. Y en ese grito está la esencia misma de lo que significa la libertad: el derecho a decidir, a elegir, a construir sin el miedo constante a no encajar en el molde aprobado.
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