Hubo un tiempo en que Gustavo Bolívar era el profeta de la dignidad. El guionista de la resistencia. El escritor de telenovelas con prostitutas redimidas y políticos perdidos. El que convirtió su Twitter en púlpito, su pluma en lanza, y su cuenta bancaria —cuando entró al Estado— en motor de una cruzada moral digital. Pero la historia tiene una forma deliciosa de devolverle a uno lo que siembra, y ahora, Bolívar prueba el sabor amargo de lo que cocinó con tanto entusiasmo: las bodegas digitales.
Sí, esas mismas bodegas que durante años defendió como “activismo espontáneo”, hoy lo persiguen como si fuera un traidor del régimen. Hoy que ya no está en el poder, ahora que su romance con Petro parece más epistolar que efectivo, esas cuentas anónimas que él ayudó a multiplicar desde el Departamento de Prosperidad Social cuando era su director, han empezado a devolverle su propia medicina, cucharada tras cucharada.
Una revolución hecha con WiFi y cólera
Durante la campaña del 2022, el Pacto Histórico entendió algo que los demás apenas empezaban a sospechar: en Colombia ya no se gana con propuestas, sino con retuits. ¿Debates técnicos?
¿Cifras? ¿Modelos económicos? No. Lo que manda son los hilos de Twitter, los memes en Facebook, los videos en TikTok, los trinos envenenados y los hashtags diseñados para viralizar el odio o la admiración ciega.
Y en esa guerra digital, el Pacto fue pionero. Mientras en público hablaban de una campaña ética, en privado se cocinaban estrategias de
manipulación emocional y linchamiento digital. Lo que algunos bautizaron —con ternura revolucionaria— como la “corrida de la línea ética” no fue otra cosa que un festival de medias verdades, insultos camuflados, victimismo sistemático y una estructura de influencers pagos, tuiteros obedientes y bodegas encubiertas.
Algunos con contrato, otros con militancia ciega, todos con la misión de demoler al oponente — fuera Rodolfo, Fajardo o cualquier periodista que hiciera una pregunta incómoda— y de alabar al Mesías digital: Gustavo Petro.
La estrategia del ‘no fui yo, fue la espontaneidad popular’
El truco era elegante: mientras el candidato mantenía una compostura presidencial, eran los soldados digitales los que ejecutaban la ofensiva. Los ataques más bajos no salían de la boca del líder, sino del teclado de una cuenta con nombre como @ConscienciaDespierta o
@LosDelCambioBot2022. Todo muy orgánico, todo muy revolucionario.
Las bodegas del Pacto Histórico no eran cualquier bodega: eran profesionales. Coordinaban hashtags, inundaban encuestas online, respondían con insultos en menos de tres minutos a cualquier crítica y, sobre todo, generaban la sensación de que Petro era invencible, incuestionable e infalible.
Durante meses, periodistas de medios como Semana, y candidatos alternativos fueron reducidos a cenizas digitales con una campaña perfectamente orquestada desde las sombras. Y mientras tanto, Gustavo Bolívar, desde su despacho en el DPS, firmaba contratos para fortalecer “la comunicación en redes de actores sociales”. Un eufemismo adorable para contratar bodegueros.
Cuando la revolución se devora a sus hijos
Pero como todo Frankenstein, las bodegas también se rebelan. Hoy, Bolívar se lamenta en entrevistas, trinando con tono lastimero que “la guerra sucia del Pacto lo quiere destruir”. Dice que hay una conspiración contra él dentro del mismo movimiento. Que lo persiguen por pensar diferente. Que ya no hay ética, que lo están crucificando.
Y uno no puede evitar pensar: ¿en serio no lo vio venir?
El problema con soltar jaurías digitales no es controlarlas. Es que un día se dan cuenta de que pueden morder a quien sea, incluso a su antiguo amo. Bolívar, que promovió la narrativa de "Petro o el abismo", hoy vive en un abismo del que ni sus tuits teatrales lo salvan.
Sus antiguos aliados lo acusan de traidor. Lo arrastran por redes. Le editan videos. Le sacan memes. Y lo peor: lo ignoran, que en política es la peor forma de castigo. Pasó de mártir a meme, de influencer a influenciado. De victimario digital a víctima digital.
¿Y Rumanía qué pinta en esto? Bastante
Rumanía, ese país lejano de Europa Oriental, parece tener más en común con Colombia de lo que creemos. Allá también entendieron que las redes mandan, que los bots votan y que los memes ganan elecciones.
El partido ultraconservador AUR, usando influencers de TikTok, bodegas escondidas y discursos inflamables, logró colarse al Parlamento como un caballo de Troya digital. Reventaron la agenda pública con teorías antivacunas, odio al migrante, conspiraciones
sobre la Unión Europea, y un populismo emocional con estética de video musical rumano.
El fenómeno fue idéntico al colombiano: influencers disfrazados de ciudadanos, desinformación masiva, ataques sistemáticos y una ciudadanía que, entre el escepticismo y el miedo, terminó votando con el hígado.
¿Y ahora qué hacemos con todo esto?
Lo primero es asumir que las bodegas digitales son el nuevo clientelismo, solo que más barato y más viral. Que muchos influencers políticos no representan la voz del pueblo sino la factura de algún contrato estatal. Y que, si no regulamos esto pronto, terminaremos viviendo en una democracia algorítmica donde el que más grita, gana.
Lo segundo: entender que la ética no puede ser opcional en campaña, ni un lujo cuando se está en oposición. Bolívar, el dramaturgo del cambio, aprendió por las malas que sembrar rabia digital trae cosechas dolorosas. Pero si su caso sirve para que el país despierte, bienvenido sea su sacrificio en la hoguera de Twitter.
Y lo tercero: educar al ciudadano, al votante común, al que comparte sin leer, al que da “me gusta” al odio disfrazado de sátira. Porque el problema no es solo quién lanza los trinos, sino quién los convierte en verdad absoluta.
Epílogo (y una propuesta Visual)
Gustavo Bolívar nos enseñó que la realidad supera la ficción, que las bodegas no solo guardan vino, y que la línea ética puede correrse hasta que se convierte en una cuerda floja.
Y para ilustrarlo, propongo cerrar esta columna con un carrusel de memes reales usados por las bodegas del Pacto, como:
• La imagen de Petro como Cristo, con la frase: “Perdonadlos, no saben que están votando por Rodolfo”.
• El clásico meme de Fajardo en la bicicleta, con la rueda pinchada por “el centro tibio”.
• Un “antes y después” de Bolívar con la leyenda: “Del cambio al cambio de bando”.
• Y, por supuesto, los trinos de cuentas anónimas acusándolo hoy de “vendido” o “enemigo del pueblo”.
Porque si algo nos ha enseñado la política del siglo XXI es que los memes no son chiste: son estrategia, son propaganda, y a veces… son venganza.
Ya lo describo en mi libro La Revolución Digital de la Democracia, donde se describen hechos como las Bodegas, la Inteligencia Artificial y otros muchos aspectos de
los modernos procesos electorales que no están reglamentados en nuestra legislación.
Cuando la democracia es un estorbo...
Segunda Parte...
Primera Parte...
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De Mussolini a la Primera Línea: una historia de violencia, estética revolucionaria y el fanatismo como política de Estado...
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Cómo convertir al Libertador en un revolucionario progresista, antiimperialista y casi marxista con un par de discursos y mucha imaginación...
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